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Un relato inédito del poeta y narrador santafesino

Francisco Bitar

Las fotos son una especie en extinción y, salvo que nos viéramos obligados, lo cierto es que nadie se toma ya el trabajo de ceder ante su melancolía. Es urgente copiar tal imagen en papel, decimos, para mantenerla con vida contra un eventual colapso de la computadora. Voy a poner esa foto en un cuadro o voy a armar un álbum con las fotos del primer año de mi hija. Mentira. Jamás lo hacemos o al menos yo no lo hago, luego de haber backupeado en un pen del tamaño de una uña cientos de imágenes tomadas a lo largo de los años. Es nuestra naturaleza: nos hacemos todo tipo de promesas importantes que nunca cumplimos, aunque en los hechos demandaran apenas una tarde de nuestras agitadas vidas. Somos holgazanes, no tenemos tiempo. Estamos perdonados.

En cuanto a las fotos de Juan L. Ortiz que hace poco alguien encontró y que Ivan Stieffel tuvo la amabilidad de enviarme por mail, creo que presentan ese doble carácter de reliquia: se ve al Poeta que, por ser ya patrimonio de la humanidad, se nos aparece como un gigante atemporal; y están también las fotos mismascon su aire anticuado. Pero despejemos el campo de acción, dejemos que los otros hablen de la fotografía en su fase terminal, como de seguro ya lo habrá hecho algún becario. Hablemos nosotros del poeta y de un aspecto en especial: su modo de aparecer en las fotos.

No sé si vieron la serie StrangerThings. Voy a adelantar una escena que no significa de ninguna manera un spoiler porque nada decisivo, en términos de acción, se resuelve ahí. Sin embargo, como escena, como ese momento del relato en que uno de los personajes se inspira y hace algo fuera de lo común con lo poco que tiene a mano, es extraordinaria. Si no vieron StrangerThings y aman, como yo, las escenas memorables, tápense los oídos.

Hagamos un poco de historia. En el capítulo 1 de la primera temporada hay un niño que desaparece. Aunque con el tiempo las señalesbrotarán, literalmente, de las paredes, por el momento no hay huella alguna del pequeño Will. Se lo ha tragado la tierra. Ciega de desesperación, su madre, interpretada por la revivida Winona Ryder, es la primera que cree hacer contacto:Will parece hablarle a través de la luz. Es un momento genial porque, como ocurre en toda buena historia de ciencia ficción, el espectador no sabe muy bien si la versión del personaje en torno al conflicto se corresponde con la realidad o si es un producto de su mente abrumada y paranoica. Entonces, aunque estamos en el verano del norte, Winonaextrae de entre las cajas del garaje las luces de Navidad y la tira con los foquitos de colores. Con las luces de navidad, hace preguntas absolutas: un golpe de luz significa SÍ; dos golpes es NO. ¿Estás vivo, Will? Un golpe de luz. ¿Estás en peligro? Un golpe de luz.Pero Winona necesita más información y las preguntas por sí o por no, no son suficientes. Winona pinta un abecedario en la pared y tiende la tira: cada foquito corresponderá a una letra. ¿Qué puedo hacer para ayudarte?, pregunta la madre. Un foquito se enciende en la R, otro en la U y el último en la N: corré. Y bueno, si la foto es el resultado de una operación lumínica, creo que al igual que Will en StrangerThings, Juan L. Ortiz está tratando de decirnos algo a través de la luz.

Mi caso no es el de muchos otros escritores, lectores de poesía o simples curiosos que conocieron a Ortiz en su casa de la barranca o lo interceptaron en uno de sus paseos por el parque. Yo, que nací cinco años después de su muerte, no tuve oportunidady creo, en realidad, que, de haber podido,tampoco lo hubiera hecho.  Sin embargo, durante mucho tiempo creí conocerlo y esto sin duda se debe a las fotos que una y otra vez nos salen al cruce al momento de abrir sus libros. Es rara esta especie de familiaridad que se da por cierto conocimiento de la obra en contacto con una imagen que nos llega de ese autor. Joseph Brodsky, quien vio a Auden por única vez muy poco tiempo antes de su muerte, decía que la relación entre ambos se construyó sobre una profusa correspondencia pero que sólo se sintió amigo de Auden una vez que el poeta inglés metiera una foto en el sobre. Un sucedáneo de esta familiaridad lo encontramos en el modoen que todo el mundo llama al poeta: por su nombre de pila, algo que, debo confesar, me pone los pelos de punta. Creo que esta es otra diferencia, muy cercana a la que señalaremos a continuación, entre poetas y narradores: no hay novelista a quien se lo llame por su nombre. El novelista impone distancia. Y lo hace, entre otras cosas, desde sus fotos.

Todos los novelistas están cortados por la misma tijera. Si tuviéramos una de esas escenas de cartón donde la gente pone la cara para fotografiarse, pero en lugar de los personajes del mago de hoz hubiera un hombre en ambos sentado frente al escritorio, las cabezas de los novelistas serían perfectamente intercambiables. A lo sumo un cigarrillo, ese es todo el exceso del que son capaces. Creo que todo se debe al tributo que estos hombres le rinden al más grande de los artificios, con el que empezó el verdadero arte del relato: la idea de narrador. El novelista sabe muy bien que no es él mismo quien cuenta sino que lo hace a través de un instrumento, de una impostación. Y que por lo tanto, sería un poco injusto agenciarse sus logros. El novelista que más se aleje de esta posibilidad de construir un narrador, de separarse de su voz, más se alejará también de escribir un libro que valga la pena leer. Ahí están esos escritores narcisistas que posan muy bien en la foto pero escriben libros horrorosos, perfectamente descartables.

Con los poetas es otra cosa y uno de los casos más notables del siglo XX, también en este sentido, es Juan L. Ortiz. En sus fotos, Ortiz nos invita a conocer su vida justamente porque la materia que trabaja es parte de ella. El pelo revuelto, las rodillas a la vista, el desorden de sus libros, el río, el mate, el paseo por los pajonales: la obra de Ortiz no está completa sin sus fotos. De hecho, así lo consideran también sus editores desde el hermoso En el aura del sauce, obra en tres tomos que incluye las fotos de PuchoCourtalon. A Ortiz, que en las fotos de juventud aparecía fumando en pipa en una postal algo más europea, se lo puede ver al final de su vida como parte de su propio paisaje. El poeta lo ha hecho: al cabo de toda una vida consagrada a la poesía, Ortiz y su materia se han consubstanciado. Ortiz es su propia escritura.

Es un poco la diferencia entre el ser y el tener. El poeta es la escritura mientras que el novelista tiene el don. El escritor trabaja tres, cuatro, ocho horas por día, luego descansa, paga sus cuentas, pasea al perro. El poeta es poeta las 24 horas 7 días a la semana, tirado en el sillón, soltando a su perro en la plaza, haciendo la cola en el rapipago.

Si me pidieranque catalogara las fotos de una tradición desconocida, digamos de la literatura marciana, diferenciando entre poetas y narradores, de inmediato yo sabría, por la posición de las antenas y la sustancia de los ojos acuosos, quiénes pertenecen a un grupo y cuáles al otro. Un golpe de luz, marcianos  poetas; dos golpes de luz, marcianos narradores. Y si dispusiera los foquitos abajo del abecedario para conocer en persona a Ortiz, se también qué tipo de mensaje, otra vez, nos legaría el poeta: un foquito se prendería en la R, el siguiente en la I, el último en la O.

 

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