Hijos mateando en la cocina | Leónidas Lamborghini

El mate es algo más que una bebida. Es una tradición que vence las costumbres aislacionistas del criollo y empareja. Quien matea nunca está solo.

[Wikipedia]

Eximios en el arte de cebar cimarrones,

reunidos en la cocina,

los egregios hermanos

tomaban mate.

 

Y el mate, por el mayor cebado,

iba pasando

en riguroso turno

de su mano a las manos

de los otros hermanos,

y a su mano volvía.

 

Cumplíase, así, la ronda

o rueda del matear

-mágico círculo-

y ya cumplida,

otra vez reiniciábase.

 

¡Entrañable ritual, agradable ritual

que aun en soledad

es compañía!

¡Delicia de los bien cebados cimarrones,

bien medidos,

exactos!

 

¡Delicia incomparable

cuando la yerba,

con cuidado dispuesta,

y el agua

en su punto calentada,

hacen de cada mate fragante

una ambrosía!

 

¡Oh cálida infusión,

exquisitez que los hermanos

sorbiéndola a través

de la bombilla!

 

¡Excelente, dilecta,

contenida

en la manuable

calabaza!

 

Ese placer, no obstante,

extrañamente contrastaba

con el tema

de la conversación

que mantenían.

Tema que, recurrente,

circulaba en el ir y venir

de la ronda matera: el tema

de la maldición del nacimiento.

 

El suplicio de unos hijos

que, como ellos,

elegido hubieran

no haber nacido.

 

No venir a este mundo,

antes de haber sido engendrados

por el hombre que ocupaba

el cuarto único,

contiguo.

 

Encontrados sentimientos

de amor y de odio,

de aprecio y de desprecio

que a él los acercaba y alejaba,

susurraban sus bocas

cuchicheantes.

 

Agravios que iban

enumerado;

que, al parecer,

ese hombre les había

hecho.

 

Y en un tono

más bajo aún,

tensamente discreto,

entre avergonzados y rencorosos,

el agravio de haberse él convertido

en molesto despojo,

en inservible viejo.

 

Desde un crucifijo

en la pared colgado,

el Hijo de Dios Padre

los miraba.

 

¿Mirándose, quizás, en ellos

como hijo que era?

¿Conmovido, tal vez,

de sus rostros tan jóvenes

marcados ya

por la angustia, el sufrimiento?

 

Hijos tan fuerte, fatalmente

ligados a ese padre

y, al mismo tiempo,

sintiéndose por ese padre

abandonados.

 

¿Y no había Él mismo, acaso,

en el Calvario,

con el por qué de su reclamo

dado expresión suprema

a tal conflicto?

 

¿No había, en suma,

Él dado inicio

al Tiempo del Hijo

y,así, por este cauce

al de los hijos?

¿Y cómo se podría

responder a estos interrogantes

alguna vez,

con alguna certeza?

 

Responder a algo

que surgió, por lo demás,

como una oscura

interrogadora ocurrencia

de la Musa

en el misterio del poema…

 

Y que, por ello,

ha de permanecer para siempre

incontestable,

o lo que es igual

contestable de mil maneras,

de mil modos.

 

Febo, tragado

estaba siendo,

espléndidamente

por el mar…

 

En derrengado catre

el padre, en tanto,

yacía de espaldas

envuelto en su piyama

deshilachado y sucio,

como en una mortaja.

 

Y no le fue difícil

intuir primero

y confirmar enseguida, después,

el sentido que intuyera,

en lo que sus hijos

cuchicheaban.

 

Entonces ese hombre

temiendo, temblando,

como un criminal

que escucha su sentencia

se sintió.

 

Es que esos

kafkianos hijos,

jueces adversos, inflexibles,

le hacían cargos ciertos

que él no podía

levantar.

 

Tirado en el jergón

cerró los ojos, apretados,

como si con éstos escuchando

hubiera estado,

y no quisiera

escuchar más.

 

Y en esa clausura violenta,

voluntaria,

de la exterior visión

(curioso modo de no querer oír),

creció en su adentro

la visión interior de escenas

sucedidas antaño,

en otro tiempo.

 

El tiempo,

en que aún vivía e él

esa otra ilusión:

la de ser

un padre amado.

 

Y pudo ver, así,

en el pasado, a esos ahora

expertos cebadores

de estimulantes cimarrones,

cuando eran niños.

 

Pudo verlos,

corriendo hacia su encuentro

sobre la grama del jardín

de la casa suburbana,

cuando regresaba

de la enfermante urbe,

al fin de la jornada.

 

Sonrientes, estirando

sus pequeñas manos

hacia él,

ansiosos de tocarlo

como a un dios

que adoraban.

 

Pudo verlos,

brincar hacia sus brazos,

y pudo verse a sí mismo

hacia su rostro alzándolos,

en mitad de ese salto.

 

Pudo verlos,

como hacía mucho tiempo

que así no los veía.

 

Y más y más

los ojos

apretó.

 

Los veía

como nunca

los había

visto.

 

Como no los había visto

ni aun en los momentos mismos

en que tales escenas

transcurrieran.

 

Y deseó con fervor

que esa imágenes

volado fueran hasta la cocina

en la que sus hijos

mateando lo juzgaban.

 

Que volaran hacia allí

como divinos entes imparables,

y que pudieran infundirles

en sus corazones,

en sus mentes,

la necesaria compasión.

 

Mientras tanto, la rueda

de los ricos cimarrones,

cebados sabiamente,

había continuado, continuaba.

 

Pero, ahora, sea por virtud

de la cordial tibieza sostenida

del mate bien cebado,

tibieza que por e, cuenco

de la mano

a todo el ser eficazmente

se transmite, confortándolo…

 

Sea porque aquellas imágenes

había realizado

el ferviente deseo de ese padre:

o debido al influjo simultáneo

de ambos prodigios,

el tema conversado por sus hijos,

un nuevo giro fue tomando.

 

Un giro, que en el mágico

giro de la rueda del mate,

al ritmo de ella,

observando sus pausas de silencio,

se había ido inscribiendo.

 

Un giro más piadoso,

más amplio y compresivo,

que hacía dar toda la vuelta

-una vez y otra vez-

a los condenatorios argumentos

neutralizando, de esta forma,

la culpa con la culpa.

 

…………………………………………….

…………………………………………….

 

Cuando, al cabo,

el padre abrió los ojos,

vio que sus hijos aguardaban

vio que sus hijos aguardaban

con ánimo benigno

junto al catre, y un cimarrón soberbio,

recién cebado,

coronado de espumoso copete,

le estaban ofreciendo.

 

¿Era este un sueño más,

más engañoso,

como lo es, en efecto, el que vivimos

con los ojos abiertos?

 

Los rosáceos dedos

de la Aurora

acariciaban la ventana

y, tras ella,

Febo sagrado, el Astro Rey, el Sol,

amaneciendo,

emergiendo del mar,

parecía un mate de oro

que en ese parecer, ardiendo,

relucía.

 

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