Jirafas de cuello corto

Leónidas Lamborghini decía que en Argentina el chiste tiene un fin destructivo. Cuando uno carga o se ríe de un contrario el canal que utiliza para lograr dicho propósito, es letal y atroz. La idea no es solo reírsele, sino más bien eliminarlo o liquidar a ese otro. Esto es realmente así. Parar dar un simple ejemplo, podríamos referirnos al hecho en cuestión de llamar Negro a alguien. Si esta palabra va sola, hasta se la puede tomar como un gesto de cariño y aprecio hacia el otro. Pero cuando va en compañía de un “de mierda” o “de alma”, esto último clarifica aún más a lo que intento llegar.

El alma aunque invisible e incomprobable sería el límite máximo al que llegaría todo aquello que es de color negro. ¿Existe algo más lejano que el alma? ¿Y a su vez existe algo más cercano y familiar que el alma? Es decir  que con este insulto, a través de ese medio, la referencia despectiva hacia alguien intenta colorear hasta lo más indivisible y empíricamente inexplicable en el ser humano.

Los insultos, en Argentina, trabajan con estos códigos. Me gusta creer que la poesía maneja este tipo de modismos. Cuando uno quiere decir algo o quiere entablar una descripción sobre un objeto o sujeto o paisaje o lo que se le ocurra, tiene que trabajarlo con la misma fuerza e intensidad a la que recurre la gente para insultar, la eliminación de un contrario. De la misma manera que la fauna y la flora llegó hasta el presente a través del sistema de selección natural, resultaría correcto también destacar que la poesía sigue ese mismo camino evolutivo. Donde saber elegir las palabras más fuertes y aptas que hagan posible una supervivencia de las paredes de los versos resulta crucial. Por eso me fascina parar la oreja cuando escucho un insulto, de ahí quizás robo, la más bella poesía. Cuando las palabras parecen llegar a un límite, donde lo que se dice parecería ser imposible decirlo de otro manera sino es a través de la poesía o del insulto.

Una vez leí que alguna vez todas las jirafas tenían cuello corto. Las de cuello largo era escasas, casi exclusivas. Es más, hasta imagino lo mal que la pasaron esas de cuello largo, siendo blanco fácil de insulto y bullying por parte de sus compañeras. Entonces quizás pasaban los días medias aisladas, onda jirafas nerd o algo así. Y un día se dieron cuenta de que la extensión de su cuello hacía posible la realidad de las hojas y los frutos más altos de los árboles y capaz con nuevos sabores y ricos en vitaminas y minerales. No sé si fue el cambio alimenticio o si esta capacidad que supieron desarrollar las volvió de elite y fueron las únicas que sobrevivieron y caracterizan a la especie hasta nuestros días.

No sé de qué voy con esto. Capaz quiero decir que escribir poesía en el mundo de hoy es ser como una jirafa de cuello largo cuando en realidad lo que prevalece o el común denominador va de cuello corto. Si tenés la suerte de poder trabajar dentro de un ámbito cultural, todo bien. Pero si salís al mundo real para ganar plata y pagar el abono de Netflix y decís que te gusta la contemplación de la vida y de vos mismo a través de construcción en versos, es decir poesía seguro te bullynean y te insultan. Y con eso van a buscar eliminarte. Pero no te sientas mal. Y escuchá bien la sintaxis desordenada y atroz de esos insultos. Usalos y con eso levantá las paredes de tus versos. Porque solo de esta manera vas a sobrevivir a este mundo de jirafas de cuello corto.

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