Textos

Autorretrato en un espejo convexo. Dos versiones.

 

Nada menos azaroso que un orgasmo. 

Marne acaba su lectura del poema 

exactamente al final

del movimiento

introductorio 

[Nota del Traductor]

 

Autorretrato en un espejo convexo

Versión de Oscar Fariña del mismo fragmento

 

Como hizo el Parmigianino, la mano derecha

Más grande que la cabeza, lanzada al espectador

Y girando con suavidad en retirada, como si fuera a proteger

Lo que anuncia. Algunos cristales plomizos, vigas viejas,

Piel, plisada muselina, un anillo de coral actúan juntos

En un movimiento que sostiene el rostro, el cual

Se desliza hacia delante y hacia atrás como la mano

Salvo que está en reposo. Es lo que está

Recluído. Dice Vasari: “Francesco un día se dispuso

A tomar su propio retrato, observándose a tal designio

En un espejo convexo, como el usado por barberos…

Elaboró entonces una bola de madera que sería hecha

Por un tornero, y habiéndola dividido por la mitad y

Llevado al tamaño del espejo, se dispuso

A copiar con gran arte todo lo que viera en el cristal”,

Sobre todo su reflejo, del cual el retrato

Es el reflejo una vez removido.

El cristal sólo optó por reflejar lo que él vió

Lo cual fue suficiente para su propósito: su imagen

Lacada, embalsamada, proyectada a 180 grados.

El momento del día o la densidad de la luz

Adherida al rostro lo mantienen

Vivaz e intacto en una ola recurrente

De llegada. El alma se afirma.

¿Pero qué tan lejos puede fluir a través de los ojos

Y retornar aún sin riesgo a su guarida? La superficie

Del espejo al ser convexa, aumenta la distancia

De modo significativo; esto es, lo suficiente para asentar

Que el alma es un cautivo, tratado humanamente, puesto

En suspenso, incapaz de avanzar mucho más lejos

Que tu mirada cuando intercepta el retrato.

El Papa Clemente y su corte quedaron “estupefactos”

Por él, según Vasari, y prometieron una comisión

Que nunca realizaron. El alma debe quedarse ahí donde está,

Aunque sea turbada, escuchando la lluvia en el cristal,

El susurro de las hojas otoñales arrasadas por el viento,

Anhelando estar libre, afuera, pero debe quedarse

Posando en su lugar. Debe moverse apenas

Lo mínimo necesario. Esto es lo que el retrato cuenta.

Pero en esa mirada hay una combinación

De ternura, solaz y lamento tan poderosa

En su contención que uno no puede mirar por mucho tiempo.

El secreto es muy sencillo. Su pena provoca ardor,

Un rapto de lágrimas candentes: que el alma no es un alma,

No tiene secretos, es pequeña, y calza

de modo perfecto su nicho: su estancia, nuestro lapso de atención.

 

Esa es el tonada pero no hay palabras.

Las palabras son una especulación apenas

(Del latín speculum, espejo):

Ellas buscan y no dan con el sentido de la música.

Nosotros sólo vemos posturas del sueño,

Jinetes del flujo que mece el rostro

Hacia la vista bajo cielos de crepúsculo, con ningún

Falso desajuste como prueba de autenticidad.

Pero él es la vida englobada.

A uno le gustaría proyectar la propia mano

Más allá del globo, pero su dimensión,

Lo que la transporta, no lo permitirá.

No hay duda de que es esto, no el reflejo

De ocultar algo, lo que hace que la mano arremeta enorme

Mientras se retira levemente. No hay modo

De erigirla plana como la sección de una pared:

Debe unirse al segmento de un círculo,

En una vuelta errante hacia el cuerpo del que parece

Una parte tan poco probable, para cercar y apuntalar el rostro

En donde el esfuerzo de esta situación se lee

Como el ápice de una sonrisa, una chispa

O astro que uno no está seguro de haber visto

Mientras la oscuridad se restablece. Una luz perversa cuyo

Imperativo sutil condena de antemano su

Presunción de iluminar: poco importante pero deliberada.

Francesco, tu mano es lo bastante grande

Para quebrar la esfera, y demasiado grande,

Pensaría uno, para urdir frágiles redes

Que sólo arguyen su captura ulterior.

(Grande, pero no burda, apenas en otra escala,

Como una ballena adormecida en el fondo del océano

En relación a la pequeña, engreída nave

Sobre la superficie). Pero tus ojos proclaman

Que todo es superficie. Lo que está ahí es la superficie

Y a excepción de lo que está ahí nada existe.

En la estancia no hay descansos, sólo rincones,

Y no importa mucho la ventana, o esa

Astilla de ventana o espejo a la derecha, siquiera

Como un calibrador del tiempo, que en francés se dice

Le temps, la palabra para tiempo, y el cual

Sigue un curso donde los cambios son apenas

Rasgos del todo. El todo es estable dentro

De la inestabilidad, un globo como el nuestro, descansando

Sobre un pedestal de vacío, una pelota de ping pong

Afirmada en su chorro de agua.

Y como no hay palabras para la superficie, es decir,

No hay palabras para decir lo que es en realidad, que no es

Algo superficial sino un núcleo visible, entonces no hay

Salida al problema del pathos versus la experiencia.

Te mantendrás ahí, terco, sereno en

Tu ademán que no es ni de aceptación ni de alarma

Pero que conserva algo de las dos en pura

Afirmación que nada afirma.

 

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