Textos

El Pez | Elizabeth Bishop x Victoria Cóccaro

La poeta, música  e investigadora en temas de poesía

Victoria Cóccaro

traduce a

Elizabeth Bishop

 

 

EL PEZ

 

Atrapé un pez enorme

y lo sostuve al costado del bote

mitad afuera del agua, con un anzuelo

clavado en el borde de la boca.

No luchaba.

Nunca luchó.

Cargaba su peso grave,

magullado y venerable

y prosaico. Acá y allá

le colgaban tiras de piel marrón

como de empapelado antiguo,

y el motivo más oscuro

era como el del papel:

formas como rosas abiertas

ajadas y borradas por el tiempo.

Estaba punteado de percebes,

finos capullos de limo,

e infectado

de larvitas blancas,

y para abajo le colgaban dos

o tres babas de algas verdes.

Mientras sus branquias respiraban

el oxígeno letal

(las branquias terribles,

tan frescas y filosas por la sangre,

que podrían cortarte)

pensé en la carne blanca áspera

dispuesta como plumas,

los huesos grandes y los huesos chicos,

los rojos y negros intensos

de las entrañas brillantes,

y su órgano de nado rosa

como una gran peonía.

Lo miré a los ojos

que eran más grandes que los míos

pero playos, y amarillos,

los iris retraídos y envueltos

con papel aluminio usado

veían a través de unos lentes

rayados de vieja gelatina seca.

Se movieron un poco, pero no

para mirarme.

(Fue más bien como la reverencia

de un objeto hacia la luz.

Admiré su rostro resignado,

el mecanismo de su mandíbula,

y entonces ví

que de su labio inferior

-si se le puede llamar labio-

colgaban, severos, húmedos como armas,

cinco tramos de líneas viejas,

o cuatro y un cable de acero

con la arandela aún puesta,

cada una con su enorme anzuelo

y cada anzuelo parte de su boca.

Una línea verde, deshilachada

por donde la cortó, dos más pesadas,

y un hilo fino negro

todavía vibrando por la tensión y el corte

de cuando se escapó.

Como medallas con las cintas

rasgadas y ondulantes,

una barba de sabio con cinco pelos

viaja en su mandíbula herida.

Lo miré y lo miré

y el barquito alquilado

se llenó de victoria,

desde el fondo de la sentina

la nafta desparramó un arco iris

alrededor del motor oxidado

hasta la vieja bomba naranja,

el tapizado cuarteado por el sol,

los ojales de los remos en las sogas

la borda –hasta que todo

fue arco iris, arco iris, arco iris!

Y solté al pez.

 

  1. ¿El “órgano de nado” sería la vejiga natatoria, no?

    • Sí, olga!

      • Saludos a mi profe de biología del secundario, entonces, jaja.
        Venía lo más enganchada con la lectura, con la descripción del bicho, y una neurona clavó los frenos y dijo “está hablando de la vejiga natatoria, podría haber usado esa expresión”.
        😉

  2. Matías Laje

    uff 😉

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