Textos

John Ashbery (1927-2017), el mejor poeta del mundo

Parece que Eliot dijo una vez que la poesía que más le gustaba era la que menos entendía. Escuché recién que Ashbery pensaba algo parecido. “Pensaba”. Qué verga. Y bueno, John Ashbery ahora no es más, en palabras de Belinda, “el poeta vivo más importante de América”. ¿Qué será entonces?

“Sus imitadores son legión!”
Hellen Vendler

The Guardian lo llama “un genio enigmático de la poesía moderna”, para otros será el ganador del Pullitzer, para otros la promesa del Nobel, o el último ejemplar de la escuela de Nueva York. Seguí leyendo la nota del Guardian. Muy buena. Dice que Ashbery bromeó: “Si Ashbery fuera un verbo, Ashberiar, significaría algo así como ‘confundir, sacar de las casillas a la gente'”. En New Criterion, William Logan dijo “Pocos poetas han manipulado tan ingeniosamente nuestro deteriorado deseo por el sentido. Ashbery nos hace acordar de que la mayoría de los poetas que nos dan sentido no tienen idea de lo que están diciendo”. Escribe sobre las cosas, escribe sobre él, sobre el poema, es una máquina de escribirlo todo. Puede ser narrativo y preciso, denso y suave, ligero y afirmativo, pulsante surf.  “Su mayor influencia fue el arte modernista” (Ashbery el imaginista), “sus dislocaciones sintácticas” (Ashbery el logopeico), “su eterno tren de pensamiento” (Ashbery el ideólogo), “su lenguaje entre técnico y coloquial, siempre sensible”; todas estas son citas que voy encontrando, cachos de definiciones que en su curso redundan y se desesperan por esa verdad resplandeciente pero lejana, y aún así posible de ser alcanzada. Y Ashbery dice de sí mismo:

“Mi poesía imita o reproduce como lo hace el conocimiento o el descubrimiento, es decir, a través de encastres y comienzos, y de forma oblicua, indirecta. No creo que la poesía amoldada a un patrón pueda reflejar tal situación.”

Podría decir fácilmente que nunca entendí la poesía de Ashbery, a pensar de las horas dedicadas a su lectura. Lectura es una forma de decir. Pongo de ejemplo Flow Chart [Diagrama de Flujo], empiezo a leer, puedo leer tres, cuatro, cinco páginas, pero ahí ya estoy en una especie de marea léxica, o mejor dicho, en una especie de navegación sintáctica. Los ojos escanean los versos pero no se obtiene una secuencia descifrable, oracional; hay más bien destellos, palabras, y shifters, es decir, embragues, combas, curvas, conexiones, y más destellos, y de repente… calma… un objeto… transitividad de los componentes. Luego vuelvo en mí, y trato de leer como se supone que debo leer, y sigo un poco más, hasta volver a perderme o abandonar el juego. El cuarto puede haber oscurecido, el borde luminoso de la lámpara avanza hacia su centro como un gran agujero negro en busca del otro lado, la continuidad inversa de este mismo momento en el que la gotera no cesa y con su ritmo marca el pensamiento de este encuentro, “leyendo”, “leyéndolo”, estando acá, sentado, en este laberinto de engaños deleitables, huelo el mar, oigo las olas, las persianas están abiertas, sale una pelotita de tenis de una larga tubería para dar un salto y volver a entrar en su cadena léxica de significantes y variaciones. Fuertes emociones, flashes, el conocimiento de conocer.

Diría que esto provoca Ashbery en mí. Sus escritos me sacan de mi propio yo, de mi hogareño Turco, y me hacen que me vea desde afuera, y que vea el gran y vasto mundo de mundos. Diría que a través de ellos viajo a lugares que los aviones no llegan, lugares recónditos de la historia del hombre y sus chamuyos: la vieja pintura de il Parmiggianino, audiencias, góndolas y trenes, sembradíos y sombras, almejas. En estos libros que ahora vuelvo a tener todos juntos frente a mí, en su silencioso mundo de bártulos, veo una puerta hacia la gran tradición, hacia la gran red humana. Un portal. Un portal aún abierto. Y como ahora Ashbery murió y ya no puede hacer nada al respecto, es nuestro deber no dejar que ese cúmulo se extinga, entre sus propias exentricidades y recovecos, debemos cuidarlo, ir a verlo canta tanto, expandirlo, avanzar y regresar a él. El arma es nuestra

para blandirla

ahora.

 

A John Ashbery, 

de Frank O’Hara

No puedo creer que no haya

otro mundo donde nos sentemos

y nos leamos poemas uno al otro

alto entre el viento de montaña.

Vos podés ser Tu Fu, yo voy a ser Po Chü-i,

y la Chica Mono va a estar en la luna,

sonriendo a nuestras cabezas incómodas,

que mientras ven la nieve posarse en un palito

¿O nos habremos ido? Este

no es el pasto que vi cuando era joven!

Y si la luna, cuando suba,

esta noche, está vacía,

será una mala señal, que dirá:

“Te vas, como las flores”

 

Redactó para Lomo,
Tomás Fadel

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