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Épale | Adela Pantin

ÉPALE es un libro que vuela, como las guacamayas que revolotean el cielo de Caracas y ven los autos pasar por la autopista, antes de posarse en las ramas de los jardines. Pero también es una antena en lo alto de un edificio, que capta las ondas y habladurías del gentío para armar una partitura propia de un país y de un tiempo que se escapa de las manos. Unidos en la imaginación de Adela de una sola puntada, estos poemas empiezan ahí donde la política ya no puede hablar más, cuando la magia es el último recurso disponible.

Piro Jaramillo

El Mar | Victoria Cóccaro

Este libro está hecho de nombres a la espera de ser conjurados en su página: un avión a punto de despegar. Un perro en su cucha. El mar, y no solo su movimiento, ni su sonido, sino el rayo que refleja. El presente antes de disolverse. Esa orquesta que practica cada tarde en tu cabeza pero nadie más escucha. La pausa entre las estrofas del que canta en la radio por cadena nacional. Mujeres a la conducción de trenes. Una imagen, pero que no es una letra todavía.
En estos versos, VICTORIA CÓCCARO investiga un mundo destilado, vaporizado y vuelto a condensar en un espacio nuevo, donde el tiempo sucede en simultáneo entre sus influencias y recesos, mareas y peces de colores que esperan ser descubiertos al fondo del mar. Un mar hecho de nombres, dentro de un libro, este libro, que como una vida, duerme, hasta que ya no.

Bestinta | Jorge Quien

BESTINTA es, para mí, su editor, un experimento gráfico, del mismo modo en que, por ejemplo, la poesía concretista es experimental. A través de un procedimiento autoimpuesto y abriéndose paso entre el matorral de la libertad, este libro muestra otro mundo posible: una Bestia de Tinta se le presenta al autor y lo obliga a escribir con su mano menos hábil. Ella nos guiará en este universo inaudito de extrañas geometrías. Pero, ¿Quien se animará a adentrarse en él? ¿Y qué hay más allá de eso que vemos siempre, de la cotidianeidad? Estamos ante la chance de una posibilidad.

JORGE QUIEN (Buenos Aires 1970), maquinista visual.
Estudió Comunicación Visual y Bellas Artes en la Universidad ARCIS de Smog City. Ha participado en diversas exposiciones, becas y publicaciones. En Argentina publicó los libros de historieta Humanillo (La Pinta, 2010) y Planetoide (Llanto de Mudo, 2013). En Chile publicó Nada se Pierde con Vivir (Das Kapital, 2013), Anoche I y II (Chancacazo, 2014- 2017), Los Sofistas (Ril Editores, 2015) y De Pie (Imaginario Occipital, 2016). Vive y trabaja en Buenos Aires.

Payada

Selección y reescritura de Adagia, de Wallace Stevens

IGNACIO RODRÍGUEZ

1
La felicidad es un gol de Nacho Scocco

 

3
La búsqueda más alta es la búsqueda de un trío con dos mellizas

Más

Las dos cuadras x Mariano Blatt

Pasando la plaza son dos cuadras.

Cuando termina el asfalto son dos cuadras.

Después del cartel al que le falta la mitad son dos cuadras.

¿Viste el puente? Bueno, son dos cuadras.

Pero no el puente grande,

el puentecito.

Después del puentecito son dos cuadras.

Donde está el arroyo, de ahí, son dos cuadras antes.

Una vez que termina el balneario municipal abandonado, son dos cuadras.

Esto vendría a ser dos cuadras después del viejo cine Emperador.

Más o menos a dos cuadras de la terminal.

Vas a ver que hay una curva, en esa curva hay una cruz, ahí murió un chico. Bueno,

dos cuadras más.

Donde antes estaba la farmacia de los Gómez, que ahora está la oficina de las combis,

desde ahí son dos cuadras, no más.

Es cerca, dos cuadras.

Es raro que no haya llegado todavía, porque vive a dos cuadras, ¿querés que lo llame

a ver si ya salió?

Voy y vengo, son dos cuadras.

Siempre vivimos cerca. Antes, a dos cuadras; ahora, a dos cuadras, sólo que para el

otro lado.

En esa época, de asfalto eran sólo dos cuadras.

Por eso el nombre del kiosco: “Las dos cuadras”.

Qué pajero, si son dos cuadras.

El colectivo interdepartamental te deja a dos cuadras. El que es color beige cremita; el

azul metálico no, ese va por otro lado.

La casa es ventosa, porque está a dos cuadras de la playa.

Antes, la fábrica ocupaba dos cuadras.

Qué lindos los inviernos de antes.

La calefacción, la radio, el viento en la cara.

Arreglar las bicicletas en lo de Jorge Ariel.

Tengo una foto de esa época, ¿querés que te la muestre?

Acercate.

Alcanzame.

Poné el agua.

Cerrá aquella puerta.

¿Vos escuchaste lo mismo que yo?

Llegó alguien.

Abrí.

Cerrá.

Prendé la luz.

Acostate.

Recordame tu nombre.

A ver, ¿a qué hora?

Disculpame.

¿Te reservo combi?

Avisame cuando llegues.

Anotá mi número: cinco dos siete cero nueve.

Uy, lo que me gusta esta canción.

Mirá qué bien cómo se mantiene la casa.

La piedra es buena.

En esta casa vivía un brasilero, el brasilero.

Hay mucha gente que ya no está, gente que se fue o se murió.

¿Vos te acordás dónde vivía el loco ese de las bicicletas? De acá dos cuadras, ¿no?

Nosotros nos juntábamos en el kiosco.

Escuchábamos radio.

Teníamos una de onda corta.

Me gustaba el fino inglés británico de la BBC.

Vientos fuertes hubo varios.

Se volaban los techos, como vuelan las vaquitas de San Antonio: justo antes de

terminar de pedir el deseo.

Ganarme un premio, viajar por el mundo, que todo se arregle, un autito de carrera.

El loco Foncho era poeta.

Querido, Foncho.

La plata dulce.

Caminábamos mucho, no era como es ahora.

Yo todavía reconozco algunos olores.

En esa época diferenciaba los ladridos de los perros.

Los conocía por los ladridos.

Foncho escribió un poema para los perros del pueblo.

En la biblioteca hay una copia, ¿querés que lo vayamos a leer?

Es acá a dos cuadras.

Yo me pongo triste y contento por los que se van.

Contento porque uno piensa que les va a ir bien.

Triste porque uno piensa que capaz nunca más los vuelva a ver.

Y aunque uno los vuelva a ver, ya no es igual.

La gente cambia, o se muere.

Pero igual es cerca, como que te diga, no sé, ¿dos cuadras?

Más no.

Pasando el parque, dos cuadras.

Dos cuadritas, ¿qué le hacen a uno dos cuadras?

Desde la ventana se ve la luz.

Una luz es una luz.

Atendeme.

Prestá atención.

Disculpame.

Aprender es fácil, lo difícil es enseñar.

Yo bajaba el toldo

pero para el caso era igual

porque el sol

también iba bajando.

Hasta la altura del horizonte.

Todos los días.

Dando lugar

a la noche.

 

Poema publicado en la segunda edición aumentada de
Mi juventud unida, Mansalva, 2017

 

John Ashbery (1927-2017), el mejor poeta del mundo

Parece que Eliot dijo una vez que la poesía que más le gustaba era la que menos entendía. Escuché recién que Ashbery pensaba algo parecido. “Pensaba”. Qué verga. Y bueno, John Ashbery ahora no es más, en palabras de Belinda, “el poeta vivo más importante de América”. ¿Qué será entonces?

“Sus imitadores son legión!”
Hellen Vendler

The Guardian lo llama “un genio enigmático de la poesía moderna”, para otros será el ganador del Pullitzer, para otros la promesa del Nobel, o el último ejemplar de la escuela de Nueva York. Seguí leyendo la nota del Guardian. Muy buena. Dice que Ashbery bromeó: “Si Ashbery fuera un verbo, Ashberiar, significaría algo así como ‘confundir, sacar de las casillas a la gente'”. Más