Textos

Todo lo imposible se imagina extraordinario

Si existiese la posibilidad de viajar al pasado no iría a la Rusia de hace cien años. Ni tampoco me gustaría ver sentado desde una barranca a un Urquiza, cruzando el Paraná en canoa con su perro Purvis en 1852. Ni siquiera, si así pudiese, me hubiera anotado para participar como oyente de las conferencias de Heidegger en Friburgo en la década del cincuenta.

Si tuviera la oportunidad de que un Aladino me diera la chance de volver para atrás (porque empíricamente es una experiencia prácticamente imposible) mi deseo sería ir a una lectura de poesía que se llevó a cabo a fines de los años noventa cerca del Abasto.

Cuenta la historia que la mesa de dicha lectura estuvo compartida por dos grandes poetas: Arnaldo Calveyra y Ricardo Zelarayán. Quizás porque dicha experiencia forma parte de algo irrealizable es que la vuelve tan anhelante, espectacular y fantástica para mí. Todo lo imposible se imagina extraordinario. Me pregunto cuántas personas tuvieron el privilegio de participar. Qué poemas habrán recitado cada uno de los dos. Quién leyó primero. Y quién de los dos se pasó de esos diez minutos casi siempre establecidos.

Tuve la suerte de escuchar a Arnaldo Calveyra en una escuelita de Gobernador Mansilla, Entre Ríos. El pueblo en donde nació. El poeta contemporáneo con pinta de brujo venía cada año con su mujer argelino-francesa y le gustaba ir a su pueblo natal. Esa tarde de la lectura recuerdo una anécdota muy buena. La escuela quedaba al borde de la ruta. Calveyra estaba sentado en una sillita muy pequeña leyendo. Todo el público estaba amontonado adentro de un aula sumamente chica. Haciéndose de espacio como pudiese para poder escuchar al gran poeta que venía del viejo continente. En eso entra un señor con una bicicleta al lado y una guitarra que le cruzaba la espalda como un arco con flechas. Cuando Calveyra termina su lectura el señor de la bicicleta toma la palabra para decir que él también era poeta. Y que había detenido el viaje porque se había enterado de que en la escuelita había otro que pertenecía al mismo sindicato.

Pidió permiso para poder interpretar su creación. Lo raro es que no recitó ningún poema si no que desenfundó la guitarra y empezó a cantar. Nunca me voy a olvidar la cara de desconcierto del poeta contemporáneo. El rostro de Calveyra, entre gracioso e incómodo, descansaba pegado a un cuerpo sentado en una sillita al lado del trovador que venía en la bici por la ruta.

A Ricardo Zelarayán nunca lo vi. Todo lo que me imagino de él son construcciones mentales que fui haciendo sobre anécdotas que he leído y que por ahí escuché. Conozco su voz ronca y de versos seguros gracias a un par de grabaciones muy lo-fi que circulan en la web. También está esa peli de Martín Carmona, La Juntidad espeluznante donde se lo puede ver contando esa hipótesis increíble, inventada por él, sobre Evaristo Carriego descubriendo el barrio de Palermo por miedo a correr la misma suerte de Lopez Jordán. Al cual tras una emboscada lo asesinan en el centro porteño, Tucumán y Florida. En esa peli también sale haciendo morisquetas y un poco choborra por Av. Corrientes recitando un fragmento tremendo de Lata peinada.

Juntos no los vi nunca. Por ellos, solo por ellos, haría algo que no haría por nadie en este mundo: volver para atrás.

 

Julián Bejarano

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