Descripción
En nuestro país los extranjeros han estado junto a nosotros desde la primera hora; han luchado por nuestra independencia, han cavado zanjas en los fortines, han poblado estancias en las fronteras y las han defendido de los indios: han criado ovejas en la Patagonia y en la Tierra del Fuego; han tendido rieles; han sacado carbón en el Neuquén, plata en Catamarca, petróleo en Salta; han sembrado trigo en la Pampa; han peleado en nuestros barcos y en nuestros batallones; han mezclado su sangre con la de nuestras aceitunadas criollitas, y han dejado aquí sus huesos y sus hijos. Han trabajado con nosotros, hombro a hombro, codo con codo, corazón a corazón, y nada hay que justifique odio, malquerencia, desprecio o envidia. No sólo el jefe fue extranjero en la escuadra de Brown. Secundaron al valiente irlandés muchos oficiales de varias naciones, ingleses, norteamericanos, griegos, franceses, y tripulaciones heterogéneas e improvisadas, en las que también fueron extranjeros los únicos que tenían experiencia marinera, y correntinos los únicos criollos avezados al mar. “Una mezcolanza de gente de toda nacionalidad”, dijo el mismo almirante. El caballo da al hombre blanco señorío sobre la pampa; lo libera del poblado, lo habitúa a la temerosa independencia de la soledad, hace que discierna sus secretas señales: polvaredas, humos, musitado movimiento de los animales silvestres; lo ayuda a sujetar en rodeos el ganado alzado, a conocer las sendas y rastrilladas, los buenos pastos, los depósitos de sal y, principalmente, las aguadas permanentes, secretas y escondidas, sin cuyo conocimiento cierto se perdían expediciones militares en el siglo pasado. El estanciero criollo se refino y vino a dar en clubman, coleccionista de cuadros, bibliófilo, en hombre de ciudad con todos los primores de una educación esmerada, pulido por los viajes y la frecuentación de salones y personajes encumbrados; encantador en la conversación, sagaz en la política, viril y valiente en los campamentos, diestro en las tareas campestres; uno de los más hermosos tipos humanos a que haya dado nacimiento la civilización, y de los más versátiles y buenos para todo: la pluma, la espada, el potro del pastor. Los negros del Plata son un trozo de nuestra historia, ingrediente de consecuencia en nuestra formación étnica y social. Llevaron como blasones de su labor patriótica los apellidos más linajudos, los apellidos proceres de sus amos: Argerich, Carreras, Armada, Arias, Ezeiza, Benegas, Palacios, Capdevila, Alfaro, Latorre, Grigera, Espinosa, Cano, Terrada, Avila, Bernal, Thomson, Posadas, Céspedes, a cuyo lado, con rudas manos y fétido sudor contribuyeron a dar fisonomía original a la gran patria naciente. Añoremos el antiguo, el auténtico conventillo, a menudo con tan arbitrarias razones combatido, y digamos alguna palabra justa, ya que no en su alabanza, en su disculpa.




