Descripción
700 páginas. Título del original en italiano: Insciallah. Traducción de Francisco Vila. De una carta del Profesor: “La he comenzado, querida, ¡estoy trabajando en ella! Todas las noches me encierro en mi despacho y trabajo, trabajo y trabajo: navego por las difíciles aguas de la novela anhelada. No sé a qué puerto me conducirá. Una novela no confiesa al instante sus muchos secretos, no revela enseguida su auténtica identidad ni siquiera a quien la escribe. Como un feto carente de facciones precisas, al comienzo encierra dentro de sí una mina de hipótesis: tiene en reserva una miríada de sorpresas buenas o malas. Y todo es posible. Incluso lo peor. Pero el cuerpo ya está delineado, el corazón late, los pulmones respiran, las uñas y los cabellos crecen, en el rostro incierto se distinguen con claridad los ojos, la nariz y la boca: puedo presentártela. Puedo incluso adelantarte que la historia se desarrolla en el lapso de tres meses, noventa días que van de un domingo de finales de octubre a un domingo de finales de enero, comienza con los perros de Beirut, alegoría rayana en la crónica, parte de la doble matanza, sigue el hilo conductor de una ecuación matemática, es decir, del S = K In W de Boltzmann, y para desarrollar su trama utilizo al hamletiano escudero de Ulises. El que busca la fórmula de la Vida. (Lo he bautizado Angelo, elección que me ha parecido conforme a su aséptica inteligencia y, por lo demás, a ninguno he impuesto los nombres del divino poema. Con la esperanza de evitar que el habitual imbécil al acecho me achaque presunción y se burle de mi esfuerzo, a los jefes aqueos les he impuesto nombres arbitrarios de aves guerreras o apodos caricaturescos. A los demás, el que se presentaba o me parecía idóneo para el personaje.) Los personajes son imaginarios. Lo son incluso en los casos en que se inspiran en supuestos modelos. En efecto, con frecuencia escapo al exilio del papeleo e inobservado observo. Escucho, espío, robo a la realidad. Después la corrijo, la realidad, la reinvento, la recreo y, junto con el hamletiano escudero (reinventado hasta tal punto que muchas veces ya no recuerdo quién era el original), ahí está el despótico general que cree que puede vencer a la Muerte, ahí está su desencantado y caprichoso consejero, ahí está su erudito y extravagante jefe de Estado Mayor? ahí están sus oficiales ora belicosos ora pacíficos, ahí está la variopinta multitud de su tropa. Los soldados a los que me refería en la carta anterior, los muchachos a los que en toda civilización o incivilizacíón Agamenón, Menelao, Ulises, Aquiles, Néstor y Ayax llevan a sufrir y morir bajo los muros de Troya. Los he incluido, sí, los arquetipos que te enumeré. Y representan apenas un segmento del muestrario humano que el libro ofrecerá: el calabrés pobre y feo, el sardo taciturno y orgulloso, el siciliano entremetido y vivaracho, el veneciano rico y desengañado, el toscano zafio y astuto, el romanólo ingenuo y atemorizado, el mrinés educado y optimista… He incluido también a la espléndida y misteriosa libanesa a la que llamo Ninette e incluso le he atribuido un papel decisivo, y los símbolos de la triste ciudad: el eterno paria al que el Padre Eterno engaña con medio libro encontrado en la basura, el eterno señor al que el Padre Eterno inviste con poderes celestiales, el eterno instrumento del Mal que con su omnipotencia puede adoptar las connotaciones de un joven de catorce años pérfido y obtuso. He incluido a los niños a los que la guerra mata, a los rufianes a los que la guerra favorece, a los bandidos a los que la guerra protege, a muchas mujeres entre las cuales un sucedáneo de mujer llamado Lady Godiva, así como a cinco monjas que me seducen y a las que tengo intención de implicar en la tragedia. Entre protagonistas y comparsas, unos sesenta personajes. Pero día tras día el cast se enriquece, el escenario se llena y pronto llegarán otros nuevos. Que Dios me ayude…”





