Descripción
Título original inglés: A history of aesthetic. traducción de José Rovira Armengol. Bernard Bosanquet ocupa un lugar de preferencia entre los pensadores ingleses que en el siglo pasado remozaron la investigación filosófica mediante un retorno al espíritu de la filosofía de Hegel. La influencia del gran filósofo alemán fue particularmente fecunda en las investigaciones históricas de sus continuadores y la Historia de la estética de B. Bosanquet es un ejemplo palpable del rigor y la sensibilidad alcanzados por algunos neohegelianos en el tratamiento del desarrollo temporal de los problemas filosóficos. La historia de la estética no es, en manos de Bosanquet, la crónica o el registro de las teorías sobre la belleza y el arte, sino que su objeto es mostrar la viviente conexión que se extiende entre los autores y las épocas diversas. Mediante ese vinculo interior los sistemas y las construcciones conceptuales más diferentes se organizan en torno de un centro que los unifica en su desarrollo y proporciona la meta que gradualmente se va realizando. El sentido o la finalidad a cuyo despliegue se asiste en la historia de la estética está dado, en primer lugar, por el puesto que el arte ha ocupado en la vida del hombre.. Las reflexiones filosóficas sobre la naturaleza del arte y la belleza traducen las experiencias vitales que la existencia humana ha tenido, en sus diferentes etapas, con el mundo de la cultura artística. Pero, en segundo lugar, esas experiencias no varían de un modo arbitrario, sino que siguen el ritmo que les impone una creciente conciencia del arte. La historia de las bellas artes, nos dice Bosanquet, es la historia de la conciencia estética y ]a disciplina filosófica que la estudia —la estética— es el análisis filosófico de esa conciencia. Siguiendo este hilo conductor, Bosanquet penetra en el laberinto de las concepciones estéticas sin eorrer el riesgo de verse abrumado por la variedad de los enfoques y la aparente anarquía de los sistemas. El mérito principal de la Historia de la estética está en que el autor no se ha dejado seducir por su propio pensamiento y por su teoría acerca del sentido del curso histórico del arte. Tales concepciones ordenan desde dentro la exposición y evitan que se convierta en una rapsódica narración, pero no dañan en lo más mínimo la objetividad de los juicios ni imponen perspectiva unilateral alguna en la visión del desarrollo histórico de la estética.





