Descripción
307 páginas. Prólogo de la primera edición por Alejandro Berruti. Prólogo para la segunda edición por Luis Ordaz. Fotografía de la tapa: Enrique Was. Sin perder su juventud, nuestro teatro ha crecido tanto como para exceder las limitaciones de una visión panorámica. Hay etapas, como la gauchesca, que comienza, a campar por sus respetos. El saínete también. Por su continuidad y profusión, es algo así como una historia dentro de otra, más amplia, y general. Y como todas las historias, tuvo sus héroes y villanos, los impulsores generosos de las horas inciertas y los usufructuarios de la mesa servida, que nunca faltan. Si tenemos en cuenta que nació modesto y silencioso (como entremés, en la Ranchería) y concluyó por rebasar el ámbito de un género menor para llegar a filiar al teatro nacional durante treinta o cuarenta años, podemos colegir su existencia bulliciosa y turbulenta. Se empinó del todo citando la ciudad, ella misma, tornó a ser turbulenta y bulliciosa. Cualquiera sea la opinión que el saínete merezca al lector, tendrá que reconocerle una virtud de la cuál brotaron glorias y desdichas: conquistó un público adicto y fervoroso. Entre los años 1914 y 20, hubo temporadas prácticamente sorbidas por el saínete, y en última instancia los borderós revelaban la objetividad de esta preferencia popular. Lo malo que cuando dejó de gustar, todos cayeron en la cuenta de haber girado en descubierto. A partir del año 30, recrudecen las objeciones y surgen los interrogantes. Sainetes, saínetes y más saínetes… bueno, ¿y qué?




