Descripción
Él hizo un ademán; comprendí que deseaba vérmelo puesto. Dejé caer el chai con un movimiento teatral, y me puse de pie. Creo que recién en ese instante él se atrevió a mirarme con desenfado. ¿Dónde estaba la muchacha de negro que recitaba versos sobre cuclillos y atardeceres rosados? Permanecí un rato en exhibición. De espaldas, expectante, sentí la seda del quimono, su perfume y su aliento. En el hueco que se hizo entre su cuerpo y el mío, giré. Experimenté el roce. Como entre sueños le oí decir palabras en japonés y en inglés; también en sueños lo vi tomar mi mano entre las suyas, che gélida manina, cantó una voz lejana. Entendí entonces a los enfermos y los moribundos que se relacionan con el limitado ámbito de un cuarto hasta hacer abstracción del mundo de afuera. Yo habría podido clausurarme en esa salita y con ese hombre.





