Descripción
Título del original en francés: La cité antique. Traducción de Eusebio de Gorbea. Prólogo de Fernando Márquez Miranda. Existen libros imperecederos, cuya perdurabilidad es a la cultura, lo que el mármol y el color son a la inmutable expresión de la belleza. A este género de obras pertenece La Ciudad Antigua, siempre actual y orientadora. De ahí que el reeditarla constituya, a través de los años, un renovado y justiciero homenaje a sus valores permanentes, situados por encima del oleaje de la crítica y de los avatares de la evolución histórica. Al escribirla, Fustel de Coulanges se propuso, en primer lugar, mostrar los principios y reglas que presidieron el gobierno de Grecia y Roma, ramas de una misma raza, que hablaban idiomas nacidos de una misma lengua, se regían por instituciones de un origen común y vivieron una serie de revoluciones similares. Pero al margen de su admirable labor de investigación, el autor se propone, como finalidad última, poner de manifiesto las diferencias que distinguen esencialmente a aquellos dos grandes pueblos, de las sociedades modernas. “Por haberse observado mal las instituciones de la ciudad antigua —dice—, se ha pensado en resucitarlas entre nosotros. Se ha forjado una idea falsa de la libertad entre los antiguos, y ello ha puesto en peligro la libertad entre los modernos”. De ahí su afirmación de que para conocer la verdad sobre aquel pretérito, conviene estudiarlo sin pensar en nuestro presente. Así analizadas, Grecia y Roma se nos aparecen como inimitables y, por ende, como totalmente distintas de las sociedades modernas. Es que, para el ilustre historiador, hay una parte del hombre que se modifica incesantemente. La inteligencia humana se halla en perpetua evolución, la cual impone a leyes e instituciones, un continuo cambio. En otro sentido, para Fustel de Coulanges, la historia de Grecia y Roma se explica a condición de examinar las creencias que informaban la vida y el espíritu de sus respectivos pueblos. La familia primero, y la ciudad después, tienen en la religión su originario elemento determinante. Pero las creencias, al desaparecer o al modificarse con el tiempo, han alterado consecuentemente las instituciones jurídicas y políticas, dando pie a las revoluciones y cambios sociales motivados, a su vez, por las transformaciones del pensamiento. En un notable estudio preliminar que encabeza la presente edición, Fernando Márquez Miranda señala que el hecho de dictar una cátedra de historia general lleva a Fustel de Cou-langes, mas aun quizá que su propio temperamento, a la necesidad de clasificar sus ideas, reduciendo los hechos a vastas síntesis, a panoramas subyugantes por su fuerza de convicción y por el tono de autoridad con que los expone y, también, por la escondida documentación que encierran. Asimismo, hace notar el prologuista que Fustel de Coulanges, antirromán-tico y antiliberal, nació en 1830, año en que precisamente el movimiento romántico apareció en Francia. “La Ciudad Antigua, que es el principal monumento a su memoria, sigue editándose y leyéndose pese a toda justificable crítica, por la claridad de su estructura y por la justeza de su expresión”.




