Descripción
Ejemplar con dedicatoria firmada por el autor. Diseño de tapa: Marta Luisa Raggio. Aunque hace años que lo conozco a Albino Gomez, ha sido durante nuestro compartido exilio en la capital de los Estados Unidos cuando he tenido oportunidad de penetrar un poco más hondo en el ámbito misterioso de su personalidad. Todo hombre tiene estrecho parentesco con el resto de la escala zoológica; en algunos casos resulta obvio detectar al hombre-pájaro como en otros casos al hombre-perro y aún dentro de la especie podemos incluso afinar el parentesco señalando la raza, y así podemos hablar de la estrecha relación del bull-dog con Winston Churchill. Y conste que me estoy refiriendo a las afinidades físicas, sin entrar al aún más extraordinario fenómeno de las afinidades psicológicas, tales como el hecho notable de que en general los perros entienden mucho mejor el inglés que ningún otro idioma. En el caso de Albino Gómez es vital para resolver el enigma de ese “per sonare”, detrás del cual nos ocultamos todos, ubicar su parentesco estrecho, de primo-hermano con los animales pampeanos, roedores; en particular, el cuiz, la mulita y aunque un poquito más remoto la vizcacha. De ningún modo es casual que en nuestra épica definitiva ciertas verdades estén anunciadas por el Viejo Vizcacha. Es muy importante este parentesco intransferible que emana de Albino hacia otros terráqueos y viceversa, porque da la tónica a lo más clave de su ser: su condición de argentino, de rioplatense, de pampeano, aún cuando sea asfaltado. Por ello, todo lo que tenga que decir, nos interesa a los que compartimos la misma constelación. Por eso su mensaje será siempre reminiscente de nosotros mismos, y por ello útil, necesario, algo así como cuando nos asomamos al campo y escuchamos el silbido que parece brotar de nuestro subconsciente aunque sepamos que viene de ese otro pariente lejano y acurrucado, la perdiz. RAFAEL SQUIRRU, Washington, mayo de 1968.





