Descripción
«Todos en mi familia fuimos siempre muy románticos, muy viciosos de la política y de muy refinados gustos literarios. En materia de política tuvimos tres caballos, dos de tiro y uno de monta, llamados el Churchill y el Mussolini, los primeros, y el Don Ramón J. Cercano el de silla, un pobre diablo viejo, descoyuntado y esclerótico que padecía frecuentes dolores de muelas e incontinencia urinaria y era el único caballo del mundo que se sentaba sobre sus cuartos traseros, con las patas abiertas y estiradas y las manos juntas en medio, con más estilo que cualquier perro; uno esperaba que, en un momento u otro, cruzase los brazos sobre el pecho y eructase lindamente, como era su redomada costumbre, allí, emblemáticamente sentado en el alfalfar, contemplando filosóficamente la vida, más a la manera taoísta que a la cartesiana, esto es, más cerca del éxtasis que de la duda, del silencio que del relincho. En mate-ría romántica y literaria llegamos a ser propietarios de hasta cinco libros: “Doloras y Humoradas” de Campoamor, “Fábulas” de Samaniego, “El Pernales”, un bandido español en la línea populista de Robín Hood aunque menos boscoso, “Las mil y una noches”, compendiadas y, un folletín por entregas, fantásticamente encuadernado por mi habilidosa mamá, titulado “Gonzalo de San Fernando”, tomo en cuya cubierta se veía a un enrulado espadachín abrazando a su amada turgente y tumultuosa y, en un bando sangrante clavado a un tronco, podía leerse: “Alma mía, a sangre y fuego te conquisté para mí y será en vano que intenten mis enemigos arrancarte de mis brazos”. El mayor lujo de nuestra biblioteca y de nuestra chacrita de 80 hectáreas era, sin embargo, un sexto libro, aunque no propiamente un libro sino un Diccionario Manual Ilustrado, edición de Garnier Hermanos, España, 1927, en el que yo, hacia mis once años, tuve la inconfesable curiosidad intelectual de buscar el significado de la palabra Prepucio y realizar este impresionante hallazgo: Prepucio: Membrana retráctil que cubre el bálano. Batano: Ver glande. Glande. Nada, no estaba en parte alguna. ¿Errata? ¿Etica? ¿Estética? Creo que todo mi dogma artístico tiene ese punto de partida, más aún si reflexiono en cuanto a que mi ardiente curiosidad intelectual, frustrada ante el vacío lexicológico, se volvió angustia metafísica quizá favorecida por nuestra inmensa soledad agraria. Leyendo a Joyce muchos años más tarde, encontré que llamaba a Dios el Invertebrado Gaseoso y, más precisamente, el Coleccionista de Prepucios. Bien, perfecto —me dije—, por fin tengo completas todas las claves. Entonces inicié una pesquisa para establecer el paradero del Diccionario, hoy injustamente en poder de mi hermano Juan, quien podrá facilitar las pruebas testimoniales que se le demanden. Pesquisa superflua y anecdótica o, digamos, otra vuelta de noria, ya que yo sabía para entonces que una pregunta no satisfecha a tiempo es la única química que se requiere para transformar la miel de abeja en miel de avispa, a un lector de diccionarios en escritor de cuentos y a un caballo absurdamente sentado en un pensador alazán que rumia eternamente su animalidad y eternamente recula ante los prodigios humanos.»




