Descripción
174 páginas. Premios “Coca-Cola” en las Artes y las Ciencias. Contiene las siguientes obras teatrales: Subterráneo, por José Huertas; Reunión, por Francisco Ananía; Bienaventurados, por Jorge Hayes. Ignoro por qué se mantiene la tradición de cubrir bajó secreto las deliberaciones del jurado de un concurso, sea cual fuere. La pretensión del secreto termina, lo más a menudo, en el ridículo, porque siempre —siempre— hay alguien que cuenta lo que pasó, y qué opinó Fulano, o Mengano. Supongo que la tradición deriva, en parte, del sentimiento compartido por todos aquellos que alguna vez formaron parte de un jurado: es decir, que todo concurso es, por su esencia misma, arbitrario y por eso, injusto. Sólo cabe decir que en el mejor de los casos, cada cual trata de ser lo más objetivo y lo menos injusto posible. Lo cual no oculta el desánimo que se apodera del “juez” cuando recibe en su casa los originales (noventa y pico de obras, en este caso, si no recuerdo mal) sobre cuyo destino ha de resolver. A poco de avanzar en la lectura, uno se pregunta: “¿Pero es posible que tal cantidad de obras argentinas comiencen, invariablemente, en un living de clase media?” (minuciosamente descripto, además, con sus sillones, mesitas, adornos, puertas y ventanas). Atravesada la jungla de los livings —donde, por lo general, no se oculta ninguna maravillosa bestia de mirada fosforescente y conducta imprevisible—, uno selecciona digamos unas quince obras que parecen potables. Empiezan entonces las indagaciones telefónicas con los colegas del jurado: “¿Leíste aquella.. . o aquella otra…?” Cuesta ponerse de acuerdo, pero se conviene en que cada uno leerá las obras que les han interesado a los otros. La lógica y la salud mental aconsejan que cada jurado reduzca su cuota de posibles, a diez obras. Llegados a este punto, nos reunimos en el Tortoni e intercambiamos opiniones. Debo decir que en este maremágnum —urgidos, además, por el viaje que imprescindiblemente debía emprender Carlos Gandolfo a España por esos días—, la luz orientadora fue siempre encendida por la inteligencia de Roberto Cossa. Por ejemplo, a mí me inquietaba que la obra ganadora finalmente, Subterráneo, ofreciese tantos problemas para su puesta en escena. “¿A vos qué te importa? —me preguntó Cossa—. Que se arregle el que la vaya a dirigir”. Y tenía razón. Yo no sé, por razones obvias, si las obras elegidas son representativas de las inquietudes de los autores argentinos más jóvenes. Sólo sé que son las mejores, de lejos, de las presentadas al concurso. Y me congratulo de que otro hombre inteligente y fino, Kive Staiff, haya tenido la visión de futuro como para ofrecer albergarlas (por lo menos a dos de ellas, creo) en el San Martín. Mejor final de un concurso de teatro, imposible. ERNESTO SCHOO




